La distribución masiva de agua potable a las poblaciones aparece como herramienta de prevención para la salud pública a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
Gastroenteritis, hepatitis A, cólera y fiebre tifoidea son bautizadas como “enfermedades hídricas” cuando se descubre que el agua es el principal vehículo de transmisión de los organismos microscópicos que las producen (virus y bacterias).
Estos microorganismos, transportados por el agua, los alimentos o las manos sucias, entran al organismo por la boca y son eliminados al medio con las excretas (heces), en un círculo de transmisión que la medicina conoce como “ciclo fecal-oral”.
Virus y bacterias viven en aguas y suelos, pudiendo incluso ser transportados a distancia por moscas y roedores.
Los descubrimientos, primero de la existencia de los organismos microscópicos, después que el agua es vehículo de transmisión de muchos de ellos, pusieron el tema saneamiento en el primer lugar de la agenda pública cuando en Argentina y Mendoza nacía el siglo XX.
Evitar las epidemias implicó: proveer a la población agua segura para la salud por una parte, realizar una recolección controlada de las aguas servidas por la otra. Nacieron así los servicios de distribución de agua potable y de recolección de efluentes cloacales. Ambos son una herramienta fundamental para la salud de la población, y cumplen un papel primordial en la calidad de vida de las familias y el desarrollo de las comunidades.
Ahora sabemos por qué el agua potable es un arma de prevención de enfermedades. Por qué hay que cuidarla y no derrocharla.
Sus usos prioritarios son: bebida, elaboración de alimentos, limpieza personal y del hogar, uso de los sanitarios.
CUIDEMOS EL AGUA POTABLE. ELLA NOS CUIDA.
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