Sophia: todas las madres todas

19 Nov 2020


La vida ante sí no es una obra maestra. No alcanza con que esté capitaneada por la Loren. Eso es lo primero que queda claro. Sin embargo -y esto es lo segundo, pero lo más importante- su hechura prolija, su indisimulable visión humanista y su delicadeza narrativa (convincente aún en los momentos más ásperos o dolorosos) transmiten al espectador un cierto optimismo. Respecto de la vida y respecto del cine, por estos días tan atiborrado de pirotecnias vanas, biopics innecesarias y planteos políticamente correctos.

La historia no es original, al menos desde dos perspectivas. Por un lado, es el remake de Madame Rosa, que en el ’77 dirigiera Moshé Mizrahi, con Simone Signoret en el protagónico, a su vez basada en la novela del mismo nombre escrita en el ’75 por Romain Gary, bajo el seudónimo de Émile Ajar. Por otro lado, se inscribe en una especie de sub-sub-sub-género del cine que responde a la fórmula “púber y adulto deben convivir forzosamente, odiándose primero y amándose después”. Subgénero que ha dado y dará infinidad de obras, algunas de las cuales serán/son parte de la historia grande del cine, como Alicia en las ciudades, Gloria, Estación central y otras más.

En principio, La vida ante sí es un buen título, ya que su interpretación no se ciñe solo a la relación de los protagonistas: una anciana judía sobreviviente del Holocausto (que se armó una pyme cuidando hijos de prostitutas) y un adolescente senegalés huérfano e indocumentado. En torno de ambos, hay un puñado de personajes secundarios, pocos, cada uno de los cuales carga su mochila de penas y aspira a un futuro mejor. La discriminación, la xenofobia, el prejuicio, se esparcen en la vida de ellos, y el director lo indica con pequeños detalles o breves intercambios de palabras. Recuerdos de todos los matices van aflorando y en la relación con los demás está la clave para que los malos recuerdos no terminen noqueando a la persona y los buenos iluminen lo que queda de futuro. El film gira en torno de tratar de comprender al otro para beneficio mutuo. Y comprenderlo implica, sobre todo, entender su pasado, más que su presente.

Sophia Loren, que no actuaba desde que en 2014 hizo el corto La voz humana, también dirigida por su hijo Edoardo Ponti, no sortea ningún obstáculo. Simplemente hace bien lo que viene haciendo bien desde hace más de sesenta años.

En sintonía con el tono general del relato, va sumando dosis reconcentradas de ironía primero, bronca, tristeza, impotencia y comprensión. Sin desbordes de ninguna clase. Al contrario: con mucha clase. Otras divas, en este mismo rol, hubiesen caído en un catálogo de excentricidades, sobre todo en los pasajes donde el cerebro comienza a fallarle al personaje. O cuando se prende a bailar Malandro, junto a su amiga Lola (Abril Zamora), por citar otro ejemplo bien diferente.

Claro que los aciertos de interpretación también son parte de una acción mancomunada con el director. Lo demuestra además la sintonía que vincula a la veterana actriz con el joven intérprete Ibrahima Gueye, logrando momentos conmovedores, distantes de todo sentimentalismo. Hay un punto, en la relación de estos seres tan dispares, donde se logra tocar la fibra íntima del tándem madre/hijo. Y acá está el otro gran tema (¿o “el” tema?) que se desperdiga en la trama desde diferentes modalidades: los tipos de madre. No son muchas las que se ven, pero sí son varias las que están implícitas o aquéllas de las que se habla.

Rosa, la protagonista, lleva consigo las marcas del nazismo. Para ella un hospital es una cárcel, y un terreno para la experimentación, algo por lo que ya pasó y no quiere repetir. Le gusta bajar al sótano del añejo edificio en el que vive y perder la mirada en una postal de la Viareggio de su niñez, cuando el paisaje estallaba en doradas “mimosas”. Momo, su ocasional acompañante, es rebelde, con un pasado muy traumático, pero consciente de lo necesario que son los afectos y de cómo los sueños pueden ser el puntapié para que aquellos afectos se materialicen (aquí el film recurre a un recurso que no vale anticipar).

Ponti no se regodea en ciertos asuntos, pero tampoco gira la cabeza. Una breve escena callejera habla claramente de los abusos policiales hacia los inmigrantes; y un par de diálogos dejan mal parado al servicio social (cualquiera puede cuidar a un niño mejor que él). Todo sirve para contextualizar las difíciles relaciones del hombre contemporáneo.

Pero La vida ante sí se yergue, sobre todo, como un homenaje de Edoardo a su madre. Y por extensión a todas las madres. La película se promociona como la despedida de la actriz. Sin embargo, hace unos días, ella misma dijo que le encanta trabajar con su hijo y que lo haría siempre. Es decir… puede que haya más.


Ficha:

La vida ante sí (La vita davanti a sé, Italia, 2020, 94’). Dirección: Edoardo Ponti. Guión: Ugo Chiti, Edoardo Ponti y Fabio Natale (sobre la novela de Romain Gary). Música: Gabriel Yared. Fotografía: Angus Hudson. Intérpretes: Sophia Loren, Ibrahima Gueye, Renato Carpentieri, Abril Zamora, Babak Karimi, Massimiliano Rossi y Francesco Cassano. En Netflix.


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