
Uno de los hábitos más naturalizados de la sociedad moderna es el sedentarismo, un estilo de vida carente de movimiento y ejercicio físico. Si antes de la pandemia esta problemática no tenía buen pronóstico, ahora mucho menos. ¿Qué hacer?
El ser humano está siendo sedentario como nunca antes en su historia. Hace mucho tiempo diversos pueblos dejaron de ser nómades (cazadores y recolectores) e incursionaron en la ganadería y la agricultura. Ese cambio en el estilo de vida no atentaba contra la salud pues los trabajos y actividades seguían implicando un gran desgaste energético y una vida anclada en la naturaleza.
La gran modificación que vino a romper ese estado fue la Revolución Industrial que implicó grandes cambios en la vida de las personas. Y si vamos más adelante, los avances tecnológicos más recientes y la explosión del home office en medio de este contexto sanitario, cambiaron completamente las actividades diarias de los individuos.
Hace 100 años la fuerza física representaba el 90% del proceso laboral y hoy representa un porcentaje menor al 1%. Utilizamos más la cabeza y menos el cuerpo, más la tecnología y menos la fuerza humana.
Aunque podría decirse que hoy todo es más práctico, un estilo de vida poco activo, además de provocar un importante daño en el sistema cardiovascular, contribuye a acentuar los efectos de otros factores de riesgo como obesidad, diabetes, dislipidemia e hipertensión, predisponiendo a la persona a desarrollar patologías más graves como accidentes cerebrovasculares e infarto agudo de miocardio, entre otras. Si a esto le sumamos las consecuencias de otros males contemporáneos como el mal descanso, la mala alimentación y el estrés característico de nuestra era, nuestro organismo se convierte en una bomba de tiempo.
Cuando no nos movemos, o nos movemos para lo mínimo e indispensable, en nuestros músculos se produce un fenómeno conocido como principio de acción inversa (también llamado principio de reversibilidad): se atrofian, es decir, dejan de recibir los nutrientes y el oxígeno necesario, disminuyen su tamaño, se debilitan.
Erróneamente, muchas personas creen que con la actividad física doméstica y laboral alcanza para no ser catalogadas como sedentarias. La verdad es que no, no alcanza con el ir y venir del trabajo, ni con los quehaceres del hogar. Tampoco es suficiente con el partidito semanal con los amigos y otros tipos de deportes recreativos. ¿Por qué? Porque estas actividades no son sistemáticas. Para generar efectos significativos en nuestro cuerpo son necesarios estímulos más intenso, cíclicos y planificados.
Visto esto, podríamos resumirlo marcando la diferencia que existe entre dos conceptos mencionados: la actividad física, que hace referencia a cualquier movimiento que implique un gasto de energía y el ejercicio físico, que por es la actividad física sistematizada, correctamente dosificada y por lo tanto efectiva.

¿Cómo dejar de ser sedentarios?
La Organización Mundial de la Salud propone:
También se recomienda realizar actividades de fortalecimiento de los grandes grupos musculares, dos veces por semana o más, para favorecer la osificación y evitar enfermedades como la artrosis o la osteoporosis.
Todas estas consideraciones son generales. Lo más adecuado sería consultar a un Profesional de la Educación Física y el entrenamiento para acceder a un plan personalizado en base a nuestra rutina, actividades, gustos, etc.
Sí podemos decir que lo más importante es ser conscientes de la necesidad vital de ejercitarse y asumir el compromiso del cambio de hábitos. Con voluntad y perseverancia, la transformación es posible. Los resultados se verán en reflejados, nada más ni nada menos, que en nuestra salud.