Con la mirada puesta en lo alto

18 Feb 2020

“Los ojos, sin hablar, confiesan los secretos del corazón”. Esta es la historia de Cristian, un ejemplo de fortaleza y superación.

Son la ventana del alma, dice un proverbio. Los ojos, y ese tan preciado sentido de la vista, se transformaron en el gran tema de la vida de Cristian Alejandro Reinoso, quien se desempeña como portero en la Sede Gran Mendoza de la Universidad Maza. Alrededor de él se entretejieron personas, sentimientos e historias que verdaderamente emocionan.

Cristian tiene 37 años, está casado y es padre de dos hijos varones. Él sufre diabetes y es insulinodependiente desde los 13 años. Esta enfermedad repercutió principalmente en el mencionado sentido. “Empecé con una neuropatía, que fue lo que afectó la vista. Primero me hacían láser y repetir el tratamiento todos los años era muy invasivo, por lo que decidieron colocarme unas inyecciones oculares, sucede que ellas me generan desprendimiento de retina”, explica. Allí es donde dónde se agrava el problema y la carga se hace más pesada.

En un principio el tratamiento duraría de 6 meses a 1 año en cada ojo pero, en su caso, como dichos órganos se encuentran muy debilitados, no se puede abandonarlo. ¿Cuál es el riesgo? Que al sacar el aceite que se le inyecta se produzcan nuevos desprendimientos y pueda llegar a perder en su totalidad la vista.

Quien no ha sufrido déficit o pérdida de alguno de sus sentidos no puede tomar cabal dimensión de la situación que ha atravesado quien ya lleva 10 años trabajando en la Universidad Maza.

Mi médico me  había dicho mira Cristian este es tu problema, este es el tratamiento, hasta acá llegamos… como que no había mucho por hacer. Yo veía que mi situación no avanzaba mientras que la ciencia sí progresaba. Entonces hice una interconsulta particular en Zaldívar, donde me dieron otro diagnóstico y me derivaron a Óptica Trombetta (especialistas en baja visión) y desde que los conocí me cambio la vida”, expresa.

Después de tantos pesares y de sobrellevar con mucho ahínco sus problemas, la luz y la esperanza llegarían nuevamente a su vida, no todo estaba perdido. Los profesionales le dijeron que se podía mejorar la calidad de su vista con unos nuevos lentes especiales y rehabilitación. “Fue fantástico haber conocido esa gente”, afirma.

En ese momento apareció un nuevo escollo en el horizonte: conseguir el dinero suficiente para poder adquirir un producto que estaba lejos de su alcance. Allí es donde el lazo con su lugar y compañeros de trabajo se hizo aún más fuerte. En la Universidad Maza se lanzó la campaña “Todos por Cristian”, donde cada uno de los miembros de la institución pudo colaborar con lo que quisiera y pudiera para ayudar a su colega, a su amigo. También se desarrollaron eventos con tal fin. Y cuando los esfuerzos se aúnan, los resultados se consiguen.

“Me sorprendió mucho cuando me enteré de la campaña que habían organizado para mí. Yo siempre cuento que la Universidad es como mi segunda familia, hay una calidad humana impresionante acá, desde los compañeros hasta los docentes y alumnos”, destaca.

“Cuando me hice la prueba de los lentes me hicieron leer, porque es como aprender desde cero, y rompí en llanto”, recuerda Cristian. Un llanto que es propio, cercano y extraño. Porque esas lágrimas de emoción también deben haber caído de los ojos de sus familiares, amigos y compañeros de trabajo.

Reinoso explica que “ha sido muy difícil lo mío, porque el dolor no pasa, pero aprendés a convivir con él. He tenido mis bajones, pero sé que es normal, hay que desahogarse, secarse el rostro y continuar”. Es lo que en psicología se conoce como resiliencia.

Más allá de toda la ayuda de la comunidad y de su capacidad humana y personal que le he permitido sobreponerse, Cristian adjudica ese espíritu de lucha y de superación a dos grandes motores: los hijos y su fe. “Me refugié mucho en la religión, que es lo que me trajo paz, calma interior. En un primer momento uno se la pasa pensando ¿Por qué a mí?, pero después me planteaba ¿Por qué no a mí?”. Desde allí, con una fortaleza renovada, dejó de preocuparse, pasó a ocuparse y dar lo mejor de sí para salir adelante.

Una actitud que nos permite reflexionar sobre cómo actuamos todos ante las dificultades. ¿Le damos valor al esfuerzo, al sacrificio y al sufrimiento? En una sociedad que busca evitarlos a toda costa, la vida de este mendocino y de cada ser humano es testimonio de que es imposible lograrlo… Cristian reconoce que sus aflicciones le sirvieron para crecer espiritualmente y transformarse en una persona mejor, lo que le da un consuelo que muy pocos conocen.

Cristian cierra con un mensaje para todos los que lo rodean cotidianamente: “La verdad es que no me va a alcanzar la vida para dar las gracias a la comunidad UMaza por todo lo que han hecho, en nombre de mis hijos y mi señora”.